La Monja: misterio sin causa

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Por quinta ocasión, el universo creado por James Wan en la saga El Conjuro se reinventa, pero sin real capacidad para aterrorizar

Durante la última década, el género del terror alcanzó un momento privilegiado: la reinvención total del concepto del miedo cinematográfico ha creado toda una nueva forma de concebir no sólo lo que atemoriza como elemento visual y fenómeno puntual sino, además, lo que fortalece el género de manera independiente. Con nuevas y atrevidas propuestas, el terror como concepto fílmico atraviesa un momento dorado que, además, se revitaliza con la constante adición de nuevas obras de consistente factura. Atrás quedaron los penosos intentos de la década de los ochenta (con las honrosas excepciones de Wes Craven y John Carpenter) para crear una percepción sobre lo terrorífico de enorme inteligencia y efectividad.

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The Nun, la quinta película del Universo creado por James Wan en la magnífica The Conjuring (2013) intenta analizar el fenómeno de la franquicia justo desde la perspectiva de lo novedoso que propone como conjunto. Con el director Corin Hardy a la cabeza, el guión es una mezcla de búsqueda de identidad para el terror como entidad - un experimento que ya ha resultado exitoso en la saga - y además, una historia con aires fundacionales, que no resulta del todo sólida.

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El resultado es una mezcla poco coherente de preguntas existencialistas y además, una notoria falta de acierto al momento de responder a la única pregunta que parece plantearse el fin: ¿Que desea Valak, demonio llegado desde otro mundo dispuesto a destrozar la inocencia de un grupo de religiosas? En realidad, la película no tiene la suficiente coherencia como para responder la incógnita y a diferencia de la magnífica Annabelle: The Creation ( David F. Sandberg - 2017), el film no tiene la suficiente consistencia como para recrear el miedo a través de la insinuación de una historia de contexto de particular importancia.

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Además, Hardy parece más interesado en crear una atmósfera clásica de terror - y lo logra - que en contar una historia: el argumento está lleno de escenas de relleno con cruces girando lentamente hasta colgar al revés, sombras enormes e inquietantes extendiéndose por las paredes, sin lograr que toda la batería de clichés del género - calcados de la factoría Hammer - tenga algún tipo de relevancia en la historia real que se cuenta.

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Claro está, la película juega con todas sus cartas desde la primera escena, cuando deja en claro que la Abadía en que se desarrolla la acción ha visto días de gloria que desaparecieron muy pronto. Con todo el aspecto gótico y recargado de una pieza barroca, la construcción medieval se alza en mitad de una Rumania rural y asediada por los restos recientes bombardeos de la Segunda Guerra Mundial (la película transcurre en el año 1952), lo que dota al film de cierto aire lento y meditado directamente emparentado con el Nosferatu de Herzog (1979). Pero allí termina la semejanza: mientras Herzog jugó con pulso preciso con la neblina, el silencio inquietante y la vegetación exuberante, Hardy parece más interesado en dejar las cosas claras sobre la influencia del mal en un convento medio derruido repleto de almas inocentes.

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En la película abundan momentos que rompen por completo la atmósfera y obviedades que transforman el trayecto hacia el terror real en un tedioso recorrido por pequeños golpes de efecto sin demasiada importancia. Desde los letreros que anuncian de manera ominosa “Dios termina aquí” hasta la historia del suicidio de una Monja aferrada a una misteriosa llave, la película va de un lado a otro en busca de su esencia e identidad, sin lograrlo del todo.

Por supuesto, la serie de eventos que asedian el convento, provocan una inmediata reacción: el Vaticano decide enviar a un rudo sacerdote encarnado por un desaprovechado Demian Bichir junto a Taissa Farmiga, sin que ninguno de sus personajes parezca tener muy claro el motivo del viaje a la distante Rumania. Luego de su encuentro, la película transita terrenos de viejos clásicos e intenta con enorme torpeza, elaborar una versión del mal invisible basada en insinuaciones y sobresaltos que no llegan a resultar efectivos del todo.

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Photo: Film Movement

Llegado a cierto punto, el guión abandona toda lógica y se concentra exclusivamente en mostrar al mal como una entidad concreta, en medio del desconcierto de los personajes, que debaten con enorme simplicidad sobre lo que ocurre entre las paredes de la vieja abadía. A diferencia de la cuidadosa puesta en escena de “The Conjuring” (en donde lo maligno se manifiesta en formas elegantes y terroríficas) “The Nun” crea una puesta en escena torpe, en la que el guión no encuentra el punto medio entre mostrar las terroríficas fuerzas del infierno que se manifiestan a través de Valak y duelos de armería barata que no dejan duda, que sin duda un demonio también puede morir por una buena ráfaga de balas.

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Aún así, Hardy se toma muy en serio la noción de lo gótico en la película y para ello, crea un entorno medianamente aceptable, a pesar de los errores en la puesta en escena y algunas decisiones cuestionables sobre los detalles históricos. Con todo, “The Nun” no tiene la intención que hacer otra cosa que mantener viva la franquicia y recordar al público, que con toda seguridad, hay mucho más que explorar en este rico Universo de horrores.

Ficha técnica

Título original: The Nun
Año: 2018
Dirección: Corin Hardy
Guion: Gary Dauberman (Historia: James Wan, Gary Dauberman)
Reparto: Taissa Farmiga, Demian Bichir, Bonnie Aarons, Charlotte Hope, Ingrid Bisu

 

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento, fotógrafa por decisión, escritora por pasión, desobediente por afición. #Geek y amante de la cultura popular.

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