Aquiles Cavallaro: “Tengo que sudar para vivir el fenómeno del arte”

Retrato de Aquiles Cavallaro, joven pintor venezolano. Foto: Luis Reyes.
Retrato de Aquiles Cavallaro, joven pintor venezolano. Foto: Luis Reyes.

La esferilla del arte venezolano no lo conoce. Ni es novel ni es emergente. Apenas un primerizo que nació en Maracaibo y que causó fruición en esta mesa de redacción. A veces es la misma gente de la que nadie sospecha nada la que hace las cosas que nadie puede imaginar

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El cartón descansa sobre lo que parece el reverso de un bastidor con lienzo. Es enorme. Es imponente. Es perturbador. La iluminación, dispuesta desde abajo como con una linterna, le imprime al rostro entintado un halo de película de terror. Hay pasión furibunda en esa obra, y no porque los ojos parezcan tatuados de negro o provistos de lentes sclera. Tampoco porque la paleta contribuya al miedo. Tampoco porque la austeridad del soporte, que pudiera ser el cartón de un mendigo, an objet trouvé, agudice la friolenta sensación. “Lo lejano, lo muy lejano, lo más lejano, solo lo hallé en mi sangre”, reza un aforismo del escritor ítalo-argentino Antonio Porchia. Y Aquiles Cavallaro Orence (Maracaibo, 1992), el joven pincel del que hablaremos acá, el autor de ese rostro que apareció hace 45 semanas en Instagram ante la lupa de una investigación que verá su desembocadura, aquí en LUSTER Magazine, sobre sangre fresca del arte venezolano, es uno de esos autores que sacan su nada y su todo de la lontananza visceral, del soplido interno que los mueve. Solo que, en su caso, sin academia, sin haber expuesto nunca en colectiva o individual alguna, sin asumirse artista siquiera.

“El arte es arte, no tiene tiempo. Encasillarlo es asesinarlo”Aquiles Cavallaro

Las emociones por las que se pasea mi espíritu y mi cuerpo, cuando pinto la figura humana, son muchas, pero en general de lo que más gozo es del placer que me da poder acariciar, desvestir y fornicar una musa. Sin eso mis pinturas serían vacías, confiesa sin tapujos. Para luego rematar, canicular: Cuando pinto no lo hago en una hora específica, lo que sí sucede es que tengo que sudar, tengo que padecer calor para poder vivir el fenómeno del arte. Soy de Maracaibo y el calor es el pan de cada día. Y lo dice un pintor hasta ahora dedicado estrictamente a la figuración, sin ninguna pieza en que brote una atmósfera con bochorno. ¿Suerte de renuncia al paisaje? Ante lo que se ríe estentóreamente y arguye que entonces no le haría justicia a la belleza de la madre naturaleza; que no miente cuando dice que actualmente se siente carente de técnica suficiente para atacarla.

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Obra en proceso de Aquiles Cavallaro. Foto: Aquiles Cavallaro.
Obra en proceso de Aquiles Cavallaro. Foto: Aquiles Cavallaro.

Con una infancia precaria pero rica en amor y respeto, tutelada por unos padres nómadas muy jóvenes, otrora considerados por sus íntimos “el matrimonio pop de la facultad de humanidades”; sin una reprimenda agresiva a cuestas, tanto que se podría jactar de ser uno de los pocos seres criados en este lugar del mundo que llamamos Latinoamérica que nunca fue maltratado físicamente; pero sí con una adolescencia algo oscura, entre drogas, alcohol y cigarrillos desde temprano, con expulsiones de varios colegios, con una caótica mudanza a la capital venezolana y una vuelta forzosa a su Maracaibo natal, Aquiles –el divino que no tan divino– concede: Caracas influyó mucho. Veía con una admiración que mantengo los grafiti de gente como el csm Daos [sic], entre otros, y eran un disfrute visual. Para muchos el grafiti es repudiable, pero para mí es totalmente entendible ese deseo de contraatacar a una sociedad que no nos para de golpear.

Obra en proceso de Aquiles Cavallaro. Foto: Aquiles Cavallaro.
Obra en proceso de Aquiles Cavallaro. Foto: Aquiles Cavallaro.

Ante la sorpresa de enterarse de que ciertos coleccionistas que han visto su obra dicen que pareciera pasearse por Bansky, Bacon, Guayasamín, Egon Schiele, y frente a la pregunta de si perturbar es uno de sus objetivos, Cavallaro desliza: Me encantaría conocer a dichos críticos y agradecerles sus elogios; pero volviendo a la pregunta, diría que no, que mis obras no tienen un propósito, sino que son la manifestación del placer que se vive mientras sucede el fenómeno del arte. Ahora, que son cargadas, lúgubres, catalogadas por usted como dantescas, concuerdo, pero no porque exista una búsqueda o un objetivo de que sean así.

Aquiles Cavallaro y parte de su repertorio de obras. Foto: Luis Reyes.
Aquiles Cavallaro y parte de su repertorio de obras. Foto: Luis Reyes.

Dijo el mismo Schiele: “El arte no puede ser moderno, el arte es eterno; Aquella naranja era la única luz; Me siento purificado y no castigado; Reprimir a un artista es un delito, significa asesinar vida en gestación; Persistiré con gusto por el arte y por mis seres queridos”. ¿Está usted de acuerdo? Sí, en cierto modo creo que por mi influencia del grafiti opino que si se intenta reprimir, solo crearán en nosotros el deseo de violar tal represión. Entonces, ¿qué sucede?, que la represión se vuelve un motor que nos hace avanzar en su contra. Lo decía Freud: ‘La historia humana es la historia de su represión’, y el maestro Da Vinci jugaba con cadáveres para aprender de anatomía en una época en que esas praxis costaban altas sumas de dinero. Sobre a qué lo lleva la práctica con el carboncillo, con el blanco y negro y con los acrílicos en color, este flacuchento rebelde con causa enumerará que el primero, en tanto su precisión, le exige una técnica; mientras que el acrílico es el rock, su mayor espacio de libertad. En acrílico yo termino hecho un cuadro también, lleno de pintura. La tinta china es más espiritual; debo meditar antes de usarla porque el trazo está ligado a la respiración, a la elegancia que hay entre la armonía, el pincel y el pintor.

“Los límites son una mentira autoimpuesta”Aquiles Cavallaro

Aparte de pintar, leer, comer, viajar, les corta muy bien el pelo a sus amigos. ¿Habrá algo allí de renacentista? Se ríe y espeta: También tatuar, esculpir, tallar, follar, reír, llorar. Somos seres infinitos en un cuerpo finito; podemos hacer lo que se nos plazca. Los límites son una mentira autoimpuesta. Él, que le aplaude al arte contemporáneo lo mismo que le ataca: le aplaude la búsqueda de concepto, le ataca la pérdida de técnica en esa búsqueda de concepto. A veces veo cosas que desearía no haber visto porque son sumamente rebuscadas; hay otras que me causan mucho placer. Ahora, el arte contemporáneo es una falacia. El arte es arte, no tiene tiempo. Encasillarlo es asesinarlo. Entonces, Aquiles, ¿cuál será el futuro del arte? Creo que los artistas buscarán la incorporación de nuevos elementos como herramientas de creación. La tecnología jugará día tras día un papel más protagónico. A la ciencia le falta arte y al arte, ciencia; toca entender que no son antagonistas, que son uno parte del otro. Creo que, de igual manera, se buscará volver a la técnica clásica, a lo riguroso, y a lo mejor los cuadros no flotarán como en Los Supersónicos, pero recuerdo que en un capítulo de Futurama la exposición constaba de tatuajes en panzas de gordos. Creo que debería haber exposiciones parecidas a esa. El tatuaje ha evolucionado de una manera que da miedo y llena de placer.

Aquel cartón iniciático reposa encapsulado en un artesonado negro de purísimo lujo austero en una sala frente al Caribe. Propios se frenan un poco apenas abren la puerta para entrar: el rostro pareciera abalanzárseles. Extraños pasan por la acera, echan un vistazo dentro y no tardan en regresar. A veces el mundo no necesita un héroe. A veces lo que necesita es un monstruo.

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Carlos Flores León-Márquez

Carlos Flores León-Márquez

Editor in Chief

Natural de Puerto Cabello, este comunicador social graduado en la UCAB emprendió el vuelo de la escritura con apenas 14 años cuando lo nombraron editor del órgano divulgativo del Colegio La Salle. Sagaz como un detective, puntilloso como su propia caligrafía envidiable, vidente de lo que nadie más ve, alérgico a la vulgaridad, ha regresado a la esfera editorial para capitanear este velero digital llamado LUSTER.

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