Coco: amor e identidad cultural

Foto: rottentomatoes.com

Inteligente, repleta de imágenes tiernas, vívidas y divertidamente macabras, Coco es un triunfo de la imaginación y quizás, la película más emotiva del año

Pixar siempre se ha distinguido por su capacidad para conmover creando mundos imaginarios extraordinarios. De la misma manera que Disney — que fue primero su competencia y luego su fructífera colaboradora hasta adquirirla en el 2006 — la casa productora se ha dedicado a reinventar la noción del universo infantil desde una versión mucho más sensitiva, profunda y moderna. Por dos décadas, el estudio de animación ha cautivado a las audiencias de todas las edades con una combinación de extraordinarios guiones, escenarios asombrosos y, sobre todo, una cuidada sensibilidad cultural y local que brindan a sus historias una importante simbología. Ninguna película de Pixar tiene una carga alegórica casual o es un homenaje a cierta especulación cultural, lo que las convierte en pequeñas joyas cinematográficas por derecho propio. Pero además de eso, Pixar está muy consciente del poder de la metáfora y por ese motivo, dedica tiempo y esfuerzo a todo tipo de escenarios: desde la vida misteriosa de los juguetes, la distopía en clave de comedia con aires del viejo Hollywood o la sensibilidad de los monstruos hasta los dolores de la vejez; Pixar parece recorrer todos los registros y todos los renglones. Para ellos, acumular la belleza en una forma de expresión profundamente dulce y persistente.

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No obstante, pocas veces Pixar abandona el notorio aire de reflexión cultural norteamericana con la que suele impregnar sus guiones. Como el heterodoxo ambiente universitario en Monsters University (2013) o la hermosísima alegoría a la mente humana en Inside Out (2015), para Pixar es de capital importancia recrear no sólo el contexto, sino también la emoción que sustenta las líneas narrativas, todo a través de una batería de deslumbrantes imágenes. Diecinueve películas después de su primer gran éxito (Toy Story en 1995), Pixar apuesta por ir más allá de una mirada sobre sus temas habituales y decide explorar la que es, quizás, su primera película de ámbito por completo local. Coco (2017) es un sentido homenaje a las tradiciones mexicanas que sorprende por su cuidado a los detalles ambientación, el conocimiento sobre la cultura del país, el respeto a las tradiciones y, sobre todo, su especulación de sorprendente efectividad hacia la esencia de las tradiciones de México. En Coco, Pixar explora no solo la visión de esta nación sobre la muerte — en un espectacular despliegue de color y belleza — sino también la importancia y el poder de los lazos familiares. Lo hace además, sin caer en el dramatismo ni los sentimentalismos, sino con una profunda concepción sobre la importancia de lo emotivo. A diferencia de El libro de la vida (Jorge R. Gutiérrez, 2014), Coco parece menos interesada en la espectacularidad que en la noción sobre la belleza y la ternura. Una apuesta arriesgada en medio de una época políticamente correcta y que podría haber resultado una incómoda caricaturización del modo de vida mexicano, sin el pulso firme y sensitivo de los directores Adrián Molina y Lee Unkrich, quienes asumieron el reto de analizar la emotividad desde un profundo respeto por la identidad cultural.

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Por supuesto, se trata de un punto de vista que desafía la percepción política actual sobre el latinoamericano, propiciada por la durísima campaña presidencial estadounidense dos años atrás y la popularización del término, “Bad Hombre”, acuñado por Trump para describir al mexicano como una amenaza. Por lo tanto, Coco es toda una declaración de intenciones de la casa productora y además, un desagravio sutil y artístico con respecto al clima xenofóbico que actualmente padece el país. La película es una extensa investigación antropológica que llevó a los productores desde la zona lacustre de Michoacán hasta Pátzcuaro y Janitzio, en donde profundizaron sobre la forma en que los mexicanos conmemoran el duelo a los muertos, pero también una delicadísima simbiosis entre ritos mortuorios y relaciones familiares. El resultado es una película con una mirada sobre México que evita clichés y estereotipos para penetrar en una imagen sensorial y respetuosa sobre el modo de vida del país. Los escenarios de la película están repletos de alebrijes, xoloitzcuintles, papel picado, flores de cempasúchil y tamales, además de la percepción sobre la sociedad machista, el matriarcado y el dolor colectivo. Incluso el humor es esencialmente mexicano, lo cual convierte a Coco en una reflexión sobre Latinoamérica como “hogar” pero también como origen de una idea mucho más amplia sobre el individuo.

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Con su mensaje universal sobre los lazos familiares, Coco reflexiona sobre la belleza del amor y la profundidad de lo que nos une a nuestra herencia sin correr el riesgo de apropiaciones americanizadas y banalizadas a través de una preocupante simplificación. La magnífica producción es un homenaje no solo a las raíces de un país variopinto y cálido, sino también al aprecio y revalorización de la tradición local como una profunda expresión colectiva.


Ficha técnica:

Título original: Coco
Año: 2017
Duración: 105 min.
País: Estados Unidos
Director: Lee Unkrich,  Adrián Molina
Guion: Adrián Molina, Matthew Aldrich (Historia original: Lee Unkrich, Jason Katz, Matthew Aldrich, Adrián Molina)
Música: Michael Giacchino
Fotografía: Animation
Reparto: Animation
Productora: Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures
Género: Animación. Fantástico. Comedia | Pixar. Familia. Música

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento, fotógrafa por decisión, escritora por pasión, desobediente por afición. #Geek y amante de la cultura popular.

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