El lujo del recuerdo

Alegoría de la vanidad del mundo, 1634. Antonio Pereda.
Alegoría de la vanidad del mundo, 1634. Antonio Pereda

A menudo resultan impostergables las limpiezas de las memorias

Los teléfonos, las computadoras, las tablets, y las nuestras mismas se llenan y colapsan con una infinidad de imágenes, videos, sonidos y sensaciones que nos pertenecen, que son parte de nosotros, y que, sin embargo, casi nunca revisitamos. Los recuerdos de la infancia pueden despertarse con el sabor de una magdalena, con el perfume de una vieja habitación, con la foto de una iglesia y volvemos a ser lo que un día fuimos: el niño que se escapaba de clase para jugar chapita en el patio del colegio, la joven “comelibros” recluida en la biblioteca a la hora del recreo. Recordar en nuestros días se ha vuelto un lujo, porque en un mundo en el que todo se acelera, en el que se suben miles de imágenes por segundo a Instagram, en el que se generan cientos de tweets por hora, el tiempo para hacer memoria se hace cada vez más oneroso. Y sin embargo….

El recuerdo cae a veces como un aguacero en marzo: inesperado y revitalizador. Como esponjas los absorbemos, nos transforman, nos volvemos más pesados: es la carga de la memoria. Marcel Proust dedicó buena parte de su vida a recrear estas lluvias, En busca del tiempo perdido es un testamento al valor de la evocación porque se da cuenta de que la memoria es un lujo, acaso lo reconoce como lo más valioso que tengamos. En ella nos construimos y nos reconstruimos diariamente “Nuestra memoria se parece a esas tiendas que exponen en sus escaparates una fotografía de una persona y al día siguiente otra distinta, pero de la misma persona. Y por lo general, la más reciente es la única que recordamos” (2008:569) afirma su protagonista en el segundo tomo de la titánica obra: A la sombra de las muchachas en flor.

“Recordar en nuestros días se ha vuelto un lujo, porque en un mundo en el que todo se acelera, en el que se suben miles de imágenes por segundo a Instagram, en el que se generan cientos de tweets por hora, el tiempo para hacer memoria se hace cada vez más oneroso. Y sin embargo…”

Hagamos una prueba: ¿cuándo fue la última vez que vimos la primera foto que tomamos con nuestro teléfono? Un dispositivo puede almacenar miles de fotos pero raras veces las vemos. Hurgamos constantemente las aplicaciones, los snaps se borran diariamente y es como si no existieran, revisamos Instagram al levantarnos y al acostarnos, nos actualizamos continuamente, pero nunca nos detenemos a recordar.

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Entonces un día encontramos, hojeando un libro una foto de un día de playa, la arena pegada aún al cabello, la sonrisa franca y espontánea del que aun celebra alguna gracia, los recuerdos nos empapan y necesitamos inmovilizar eso que fuimos, es preciso capturar ese instante que ya no existe, ¡pero ha durado tan poco! La costumbre hace que olvidemos lo cotidiano, las pequeñas felicidades al oler la torta de chocolate de la abuela, primeras desventuras frente a los exámenes de matemática, las aletargadas tardes en el tráfico citadino, todo forma parte de nuestro ser y resucitan de golpe cuando menos los buscamos. “Porque eso que llamamos recordar a un ser, en realidad es olvidarle” (2008:600). Recordarnos, es irnos olvidando poco a poco de quien fuimos.

Apresuramos el paso, vemos más fotos, subimos más videos, probamos nuevos sabores. En nuestra cultura nos afanamos por experimentarlo todo, por descubrir lo exótico del mundo, todo ello sin advertir que el lujo último, el más exquisito es quizás el más austero, el tiempo es lo único que se pierde y que no podemos recuperar.

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Gladys Mazloum

Gladys Mazloum

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Aunque su vocación transita entre los recovecos de un vasto universo literario, su oficio diario recorre los rigurosos límites de las ciencias exactas. Talento y talante, adjetivos importantes de su personalidad.

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