José Vívenes: “Prefiero ser una piedra en el zapato que solo un zapato”

José Vívenes. Foto: Álvaro Camacho.
José Vívenes. Foto: Álvaro Camacho.

Cierto expresionismo gobierna su obra, ciertos señores del pasado recobran vida en sus soportes, cierta transgresión y cierto reclamo vibran en los trazos de este monaguense que ha venido a insuflar de tintas íntimas el Profile de la semana

Venezuela adentro. Venezuela profunda. Venezuela caliente. Sus padres, de temperamentos distintos, tuvieron que vencer el miedo que los acosaba para dejar volar a José Rafael Vívenes Castillo (Maturín, 1977) hacia Caracas, porque si bien le habían proporcionado valores humanos y herramientas de vida que lo capacitaban para independizarse, si bien lo habían apoyado en su formación y consentían su continuidad, pesaban sobre ellos los prejuicios sociales (¿un hijo pintor?, ¿se puede vivir del arte?) y la angustiante idea de una capital de la república tanto más feroz que lo que para entonces era el oriente criollo. A la fecha, se sienten orgullosos. A día de hoy, Vívenes les está eternamente agradecido y promete transmitir y fortalecer esa herencia a sus dos hijos.

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Sobre su infancia –el graduado en el 2004 en el Instituto Armando Reverón y merecedor en el 2015 de la Mención de Honor en la edición #12+1 del Premio Eugenio Mendoza–, recordará: Estuvo llena de travesuras, de diversión, de curiosidad por saber el funcionamiento de cada juguete, reloj, walkman… Objeto que pasaba por mis manos, objeto que era desarmado aunque luego le faltaran o sobraran piezas. También hubo momentos llenos temor por los misterios humanos y la complejidad social que aparecía sobre el horizonte cotidiano. Fue una infancia colmada de recuerdos, buenas costumbres, valores y familia.

Existe una anécdota de aquellos primeros días que pudiera explicar su sensibilidad actual por el arte, o más bien un bonito recuerdo de su padre enseñándole lo que él conocía sobre dibujo y pintura, partiendo de su formación como ebanista. Papá e hijo compartiendo conocimientos. Hijo, luego de sus primeros pasos en formación académica, argumentándole a papá formas desconocidas. Al conversar sobre temas de ebanistería, incorporé esas formas de construcción en un proyecto plástico con acabados precarios, cercanos a las ideas que buscaba materializar. Fueron unos primeros acercamientos curiosos que la memoria buscó el momento adecuado para recordar. Antes no estaba claro que se trataba de una vocación, ya que todo niño posee la destreza de rayar, garabatear, dibujar, construir y destruir pero sin criterio alguno de lo que hace.

Cuando cortan la cochina (de después del semáforo), 2009. Pigmento natural, pintura industrial, óleo, tela sobre madera. 150 x 185 cm. Foto: cortesía José Vívenes.
Cuando cortan la cochina (de después del semáforo), 2009. Pigmento natural, pintura industrial, óleo, tela sobre madera. 150 x 185 cm. Foto: cortesía José Vívenes.

A eso habría que sumarle los arpegios que corren por sus venas: José Rafael proviene de una familia con una larga tradición musical, así que quién quita que esa misma melodiosa naturaleza le haya despertado la sensibilidad por la plástica, que no las ganas de ser músico como se suponía, pero le permitió curiosear en otro espacio de creación. Sin embargo, mis padres nos inculcaron valores de respeto, obediencia, de plantearse metas y objetivos de crecimiento personal y profesional… quizás allí está la mayor fortaleza sensible, que en principio es obsesiva para encausar las inquietudes, declara quien a la fecha ha participado en numerosas exposiciones colectivas, salones y bienales nacionales e internacionales en los que ha recibido importantes premios y distinciones (resalta el Premio Braulio Salazar en el 66 Salón Arturo Michelena, 2012).

Si Oriente surtió algún efecto en esa sensibilidad, José Vívenes –ahora con un pequeño espacio vuelto taller en Los Palos Grandes desde el que contempla el verdor de El Ávila tutelar– avisará: Maturín poseía un eslogan que quedó en el recuerdo: La ciudad distinta. Aún hoy sigo pensando si las causas de creación radican en una región, zona, poblado o en la curiosidad personal. Lo que sí puedo decir es que hubo un acercamiento a la naturaleza, a los cuentos de aparecidos, mitos y leyendas, al juego y a volar papagayo. La región cambió y la demografía desorienta el principio. Todos poseemos un lugar sensible, pocos lo descubren, otros temen mirarlo; lo importante es tener apoyo y convicción de lo que se está haciendo, porque en la actualidad no prevalece la región sino la persona.

Foto: cortesía José Vívenes.
Foto: cortesía José Vívenes.

El párrafo de su adolescencia lo resume con una sola palabra: un desastre. Entonces uno se pregunta si por esos días fue que determinó que la escala de grises podía tener algo de sórdido. Y espeta muy tranquilo que sí, que con los grises se logra representar –sobre formas pintadas– el silencio del color y darles más misterio a los modelos representados. Silencio que parte de la mirada del otro, la mirada del fotógrafo a través de la pintura, pero este juego de ideas plásticas lleva a mirar el color sobre el blanco y el negro, matices y contrastes. Es como poder mirar la vida en blanco y negro, recalca, pero no como extremos para categorizar sino para ampliar la mirada. Es como querer ver una película en 3D hoy, pero en blanco y negro para que sea una buena experiencia visual de la memoria. Y sí, insiste el pintor, quizás sea la memoria la que recuerda la larga experiencia de mirar TV en blanco y negro o revive el gusto de las fotografías en blanco y negro, pero también piensa en “la mirada” de un ciego y se pregunta cómo es mirar el color siendo ciego. Claro –hace una pausa y blande una frase en ristre–, la mirada no necesariamente tiene que ser visual.

José Vívenes. Foto: Álvaro Camacho.
José Vívenes. Foto: Álvaro Camacho.

Ahora, volviendo a la paleta, el ocre lo definí alguna vez como un color sordo, en el sentido visual, tras la ampliación de mezclas sobre su misma escala para neutralizar primarios y secundarios; esto porque al principio pensé que el color es complaciente pero luego me fijé que no es el color sino su tratado sobre el soporte sin importar el modelo. Con esta idea quería buscar más sobriedad sobre lo que representaba y el agotamiento de las mezclas junto al gesto del trazo y la corporeidad del modelo. ‘Sordo’ hoy me lleva a lo áspero en el sentido amplio de su significado, a lo que puedo decir que algunas propuestas poseen ‘espíritu visual áspero’.

Prefiero ser una piedra en el zapato que solo un zapatoJosé Vívenes

¿Ásperas como las des-figuraciones que hasta este mes expone en la Sala Mendoza en su muestra Basta de falsos héroes? ¿Áspero como el discurso articulado con óleos sobre tela y collages cuyos protagonistas son nuestros próceres usando uniformes independentistas rematados con tutús, rostros anulados, moscas y partes zoomorfas? ¿Ásperos como los dibujos que publica a diario en su cuenta personal de Instagram, a caballo relinchante entre la pornografía y lo escatológico? Que sea el mismo Vívenes quien responda. No son una denuncia directamente pero sí unas reflexiones en que las metáforas visuales transgreden formas de representación proselitistas. Son discursos plásticos que buscan darle otra opinión, negando tanta insolencia política desde unos discursos escuetos sobre algún mortal que trató o realizó cierta hazaña en el pasado. Con esto busco, sí, su desmitificación y rechazo ante tanta adulancia. Prefiero ser una piedra en el zapato que solo un zapato.

Foto: cortesía José Vívenes.
Foto: cortesía José Vívenes.

Y no es la primera vez que ha lanzado la roca sobre el río para medir cuánto se prolongan sus ondas expansivas. José Vívenes echa mano de imágenes ulteriores, unas más conocidas que otras, pero quedándose solo con sus principales contornos para sabotearlas, otorgarles una vida contemporánea, cónsona con la realidad que las azota. Antolín Sánchez, Premio Nacional de Fotografía en el 2000, dirá: “Trabajar inspirándose en un autor determinado no es un valor en sí mismo (…), un referente artístico demasiado poderoso puede aplastar una obra realizada a su sombra si esta no posee un valor propio”.  Ante lo que sobreviene la pregunta: ¿cuál es el valor propio de Vívenes Castillo? Fresco como una lechuga, deslizará risueño que no es otro que reinventarse en la linealidad del proceso de taller y profundizar con herramientas artísticas propias o ajenas a la pintura.

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Foto: cortesía José Vívenes.
Foto: cortesía José Vívenes.

Lorena González, solvente curadora, ha definido el acto pictórico del monaguense como una estrategia de representación en la actualidad. ¿Eso es así? En conversaciones con Lorena, le explico el interés que tengo en seguir experimentando con ciertos modelos y formas pictóricas que me permitan tener sobre el soporte una representación que se universalice desde la descontextualización o apropiación de imágenes, previamente trasgredidas, cargándolas con formas y maneras de nuestra actualidad. Formas pictóricas llenas de cotidianidad venezolana sobre modelos fotografiados por Steven McCurry, Baco pintado por Caravaggio y niños por Arturo Michelena… de eso me valí en la exposición titulada Cuerpos Oblicuos. Anverso-Reverso (2014) en la Galería Beatriz Gil. Estos modelos los traslado sobre el soporte con gesto y corporeidad en cada trazo. La plasticidad buscada se traduce en lo volátil del color y del modelo con otros elementos visuales sobre la representación, también su negación en tanto y cuanto se quiere decir lo contrario al efecto espejo: que no existe una identidad hoy.

Foto: cortesía José Vívenes.
Foto: cortesía José Vívenes.

Antes pintaba en Catia La Mar; ahora, su taller es un pequeño espacio de un PH en Los Palos Grandes repleto de libros, panfletos, cajas de tinta, una bicicleta, documentos, objetos, pinceles, obras en reserva, herramientas de trabajo y tentaciones de lectura, tesoros referenciales. Entre sus colegas preferidos cuentan Georg Baselitz, Gerhard Richter, Anselm Kiefer… pero también el egregio venezolano Cristóbal Rojas y el Jacobo Borges de los 60. Referencias más, anécdotas menos, denuncias pictóricas un tanto, Vívenes se despide diciendo que el dibujo es un proceso de pensamiento y no una lectura. ¿Galimatías o acertijo? Más pájaro carpintero que pico de plata –para hacerle honor a papá ebanista–, el neoexpresionista del momento perforará: Al realizar bocetos o estudios, tengo que ir de una imagen abstracta a una forma concreta; pensar en qué fue lo que apunté visualmente o qué es eso que pienso como forma para que el dibujo posea el mayor porcentaje de información y comprensión. Al tener ese conocimiento se pueden mover los vectores, planos y fugas del modelo. También se trata de conocer de memoria la forma a representar. Así que el dibujo no puede ser una lectura porque es transparente: su estructura sostendrá cualquier plano a la contemplación de la forma representada; y juntas, contemplación y representación, son complementarias de estas estructuras plásticas. El dibujo es una herramienta fundamental y de pensamiento que también ha permitido viajar desde la voz a la representación de una idea en cualquier período de la historia humana. Se piensa en imagen y se comunica en forma.

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Carlos Flores León-Márquez

Carlos Flores León-Márquez

Editor in Chief

Natural de Puerto Cabello, este comunicador social graduado en la UCAB emprendió el vuelo de la escritura con apenas 14 años cuando lo nombraron editor del órgano divulgativo del Colegio La Salle. Sagaz como un detective, puntilloso como su propia caligrafía envidiable, vidente de lo que nadie más ve, alérgico a la vulgaridad, ha regresado a la esfera editorial para capitanear este velero digital llamado LUSTER.

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