Medio siglo en Macondo

Ilustración de Luisa Rivera para ‘Cien años de soledad’ en su edición publicada por Penguin Random House Grupo Editorial (España, 2017) para conmemorar los 50 años de su publicación. Foto: luisarivera.cl

Desde la adolescencia, el canto de las aves había guiado su camino hacia Macondo, una tierra perdida que el escritor había padecido en su niñez y que terminaría por convertirse en el único hilo conductor de su universo narrativo. Hoy, a cincuenta años de la publicación de ‘Cien años de soledad’, hacemos un recorrido por lo que fue su largo proceso de creación

Después de la guerra, después de los años de lluvia, más allá del tiempo de la compañía bananera y del polvo que terminó por devorarlo todo a su paso, Macondo existe en cada uno de aquellos que han asistido –por obra y gracia de la lectura– a presenciar la primavera y flor de una estirpe, pero también la miseria y la decadencia de la misma. Cien años de soledad (1967) abandonó las manos de Gabriel García Márquez trémula de amor y de nostalgia por un pequeño universo en el que la realidad latinoamericana, se encontraba representada desde todos los resquicios posibles. Éramos, a los ojos de los extraños que se perdían en sus páginas, un relato fascinante y exótico, un hallazgo increíble que se aleja de la realidad misma para abandonarse a merced de la magia. Quince años más tarde, cuando el autor recibía el Premio Nobel de Literatura, lo decía en su discurso: Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.[1]

Retrato de Gabriel García Márquez. Foto tomada en Bogotá, Colombia, 2 de agosto de 2006. Copyright © Richard Emblin amablemente proporcionado por Richard Emblin. Foto: nobelprize.org
Sus Majestades el Rey y la Reina Silvia Carl XVI Gustavo de Suecia posan con Gabriel García Márquez (segundo desde la izquierda) y su familia en el Banquete Nobel en el Ayuntamiento de Estocolmo, Suecia, el 10 de diciembre de 1982. Copyright © 1983 Svensk Reportagetjänst Foto: Ulf Blumenberg. Foto: nobelprize.org
‘Cien años de soledad’ hizo a García Márquez merecedor del Premio Nobel de Literatura de 1982. Foto: dailymail.co.uk

Esa realidad que para otros puede resultar, quizás, imposible nos ha caracterizado desde siempre y nos ha hecho parte de esa estirpe que se desvanece en cuanto se hace consciente de su naturaleza fantástica. Una estirpe cuyo fulgor escurridizo va y viene, se destruye, se reinventa y reaparece siempre nuevo como la casa de los Buendía para llegar otra vez ocaso en un círculo interminable. En ese ciclo radica la posibilidad de una existencia múltiple que nos permite vagar por esta tierra que, contra todo pronóstico, no ha agotado su belleza contradictoria ni su aterrador encanto. Hace cincuenta años recibimos en Cien años de soledad el testimonio de lo que somos, resumido en la existencia de tantos hombres y mujeres cuyos nombres repetitivos son, al mismo tiempo, una mancha indeleble de su destino, una marca de nacimiento que les impide llegar más allá de los confines de la ciénaga. Pero tanto para el extraño como para el nativo, el camino hacia Macondo es el mismo que lleva a El Dorado y a otros lugares de ensueño: repleto de espejismos, de peligros, repleto de atajos y  de trampas del tiempo, de prodigios y desengaños. Un camino que exige nuestro amor y nuestra entrega, un camino espinoso pero fascinante que el mismo escritor debió atravesar para abrirse paso como lo hizo algún día José Arcadio Buendía en los tiempos de la fundación.

Ilustraciones de Luisa Rivera para ‘Cien años de soledad’ en su edición publicada por Penguin Random House Grupo Editorial (España, 2017) para conmemorar los 50 años de su publicación. Foto: luisarivera.cl

Las primeras resignaciones

Macondo ya existía antes de ser invadida por la fiebre bananera y las multitudes implacables. El escritor lo había habitado cuando era un niño a la merced de sus abuelos en Aracataca, mucho antes de que delatara su existencia. Para ese momento, el mágico pueblo –derivado de su pasado– ya estaba fundado en su cabeza y con esa primera mención se descubriría como una gran Hidra que se ramifica interminablemente con cada pequeña muerte. Un pueblo diminuto e invisible sitiado por un universo de historias que contienen, a su vez, otras historias; un inmenso círculo que una vez recorrido habría de desaparecer víctima de su perfección.

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La Hojarasca (1955) fue la primera novela de García Márquez, también la primera historia del autor donde se conoce el universo narrativo de Macondo. Foto: recursos.bibliotecanacional.gov.co

Por eso, construir Macondo para el forastero significaba una empresa titánica. El joven escritor lo descubriría con su primera novela La Hojarasca (1955), con la cual se  lanzó a las aguas del supuesto fracaso: un largo río serpenteante que lo llevó por muchos lugares y que, sin saberlo, desembocaba en la gran ciénaga que cercaba el mítico pueblo que lo atormentaba: Al terminar esta novela, en 1951, García Márquez experimentó un sentimiento de frustración: no era lo que había querido escribir, la realización estaba por debajo del proyecto. Había planeado una ficción que contendría toda la historia de Macondo, y el texto ofrecía una breve imagen fragmentaria de ese mundo.[2]

Proceso de ilustración de Luisa Rivera para ‘Cien años de soledad’ en su edición publicada por Penguin Random House Grupo Editorial (España, 2017) para conmemorar los 50 años de su publicación. Foto: luisarivera.cl
Ilustración de Luisa Rivera para ‘Cien años de soledad’ en su edición publicada por Penguin Random House Grupo Editorial (España, 2017) para conmemorar los 50 años de su publicación. Foto: luisarivera.cl

Macondo era mucho más grande de lo que parecía. Era quizás una idea abrumadora, escurridiza, cambiante; una verdad tan grande como el secreto de la vida misma. Según el mismo escritor y sus más allegados, la misma sensación de fracaso lo acompañaría cada vez que culminaba alguna de las historias que antecedieron a Cien años de soledad y con el desamparo y la eterna espera vendrían  también los años más duros en los que García Márquez se vio obligado –por una necesidad “alimenticia”, como decía– a incursionar en el periodismo. Los años más duros, pero también los más necesarios. Desde esa trinchera sería testigo de los hechos históricos que definieron una época y sentaron las bases para entender Macondo, no como un pueblo, sino como un estado de ánimo. En ese largo período descubrió que ese pequeñísimo lugar hasta ahora existente en su cabeza no era sino un espejismo de una realidad que se repite y se repite por toda América Latina, una realidad que lo perseguía haciendo alarde de los hechos más extraños, más crudos, más increíbles. Seguía viviendo la ficción que soñaba escribir, una ficción compleja y fascinante, pero también peligrosa, en la que García Márquez presenció entre otras cosas, el otoño de dos dictaduras (la Unión Soviética después de Stalin y la Venezuela durante la caída de Marcos Pérez Jiménez), el “demonio histórico de la violencia” presente luego del Bogotazo, el nacimiento de una revolución hasta ahora eterna (la caída de Fulgencio Batista en manos de la Revolución Cubana) y la soledad del exilio[3] que más tarde se convertiría en la soledad a la que estaba condenada la estirpe de los Buendía.[4]

Durante su desarrollo como escritor, antes de su gran obra maestra, García Márquez llevó a la par una intensa carrera periodística en México, Venezuela y su natal Colombia. Foto: fnpi.org

Una clausura necesaria

El siglo entero de Macondo quedaría resumido a poco más de un año y medio de encierro en La cueva de la Mafia[5]. La historia que tanto había querido escribir había venido de pronto, como un aguacero y lo había tomado de sorpresa en el momento menos esperado: […] un día de 1965, mientras guiaba su Opel por la carretera de Ciudad de México a Acapulco, se le presentó íntegra, de un golpe, su lejana novela-río, la que estaba escribiendo desde la adolescencia: “La tenía tan madura que hubiera podido dictarle, allí mismo, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”. Como no había mecanógrafa a mano, Gabo se fue a su casa, conferenció con Mercedes, y el compartimento estanco que es “La cueva de la Mafia” se cerró sobre él. Cuando volvió a abrirse, no habían pasado seis meses, sino dieciocho. Él tenía en su mano los originales (1300 cuartillas, escritas en ese lapso a razón de ocho horas diarias, sin contar el doble o triple de material desechado) de “Cien años de soledad”; Mercedes tenía en la suya, facturas adeudadas por 120 mil pesos mexicanos (10 mil dólares)[6].

Gabriel García Márquez y su esposa Mercedes, La Habana 1987. Foto: Helmut Newton

Lo que vino después sería un fenómeno parecido al de la hojarasca que había venido con la fiebre bananera: la fama. Los primeros capítulos de la novela ya habían transportado a muchos al recóndito lugar habitado por una estirpe destinada a desaparecer. Primero fue el escritor mexicano Carlos Fuentes quien recibe del escritor los tres primeros capítulos. Luego, varias publicaciones hacen eco del futuro. Hasta que finalmente Macondo obtiene una forma definitiva dos años más tarde: A comienzos de 1966, García Márquez recibe una carta de la Editorial Sudamericana, de Buenos Aires, proponiéndole reimprimir sus libros; él le ofrece la novela que está escribiendo y «Cien años de soledad» aparece en junio de 1967. El éxito es fulminante: la primera edición se agota en pocos días, y lo mismo ocurrirá con la segunda, con la tercera y con las siguientes.[7]

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Portada de la 1era. edición de Cien años de soledad de 1967. Foto: archivo.
‘Cien años de soledad’, edición ilustrada por Luisa Rivera y publicada por Penguin Random House Grupo Editorial (España, 2017) para conmemorar los 50 años de su publicación. La tipografía es de Gonzalo García Barcha, hijo del autor. Foto: luisarivera.cl

Preso de los aplausos, el escritor selló así su legado: había trazado el largo camino hacia Macondo por siempre y para siempre. Un camino repleto de bifurcaciones, de trucos, de espejismos que eliden nuestro tiempo y nos detienen en una historia centenaria en la que somos víctimas de las tretas de gitanos y matronas francesas, donde nos contagiamos de la peste del insomnio y quedamos sumidos en el más completo de los olvidos. Donde las mujeres tejen su mortaja presagiando su fin, donde los nombres se repiten infinitamente. Una historia donde presenciamos el rapto de la mujer más hermosa que haya existido, donde las mariposas amarillas preceden el amor y también la desdicha. Una historia con la que también nosotros desaparecemos al descifrar el pergamino de lo que somos.

Ilustración de Luisa Rivera para ‘Cien años de soledad’ en su edición publicada por Penguin Random House Grupo Editorial (España, 2017) para conmemorar los 50 años de su publicación. Foto: luisarivera.cl
Edición ilustrada publicada por Penguin Random House Grupo Editorial (España) para conmemorar los 50 años de su publicación. La tipografía es de Gonzalo García Barcha, hijo del autor. Foto: luisarivera.cl
Ilustración de Luisa Rivera para ‘Cien años de soledad’ en su edición publicada por Penguin Random House Grupo Editorial (España, 2017) para conmemorar los 50 años de su publicación. Foto: luisarivera.cl
Foto: planetadelibrosmexico.com

[1] Les Prix Nobel. The Nobel Prizes 1982, Editor Wilhelm Odelberg, [Nobel Foundation], Stockholm, 1983

[2] L. A. (Leopoldo Azancot), «Gabriel García Márquez habla de política y de literatura», en «Índice», N. 237, Año XXIV, Madrid, noviembre 1968, p. 31. citado en Mario Vargas Llosa (1971). Historia de un deicidio. Barcelona: Barral Editores.

[3] Luego de entrevistar a Luis Alejandro Velasco para su reportaje Relato de un náufrago (1970) , García Márquez fue enviado por El Espectador a Europa, debido al clima político que había despertado la publicación. En ella se hace evidente una historia turbia de contrabando que involucraba al gobierno de turno y que fue la causa del hundimiento del destructor Caldas, del cual Velasco fue sobreviviente. Los diez días de penurias narrados por el náufrago terminaron por provocar el cierre de El Espectador a finales de 1955, dejando a García Márquez –quien se había mudado recientemente a París en su papel de corresponsal– sin empleo y bajo la figura del exilio.

[4] En estos años García Márquez escribiría, entre otras cosas, El coronel no tiene quien le escriba (1961) y los cuentos que componen  Los funerales de Mamá Grande (1962), dos libros que como muchos otros títulos del autor terminarían por publicarse muy tarde en su intento de construir lo que terminó siendo Cien años de soledad.

[5] La «Cueva de la Mafia» es el escritorio de García Márquez, en su casa del barrio de San Ángel Inn, el recinto donde permanecerá poco menos que amurallado el año y medio que le llevó escribir la novela, después de pedirle a Mercedes que no lo interrumpiera con ningún motivo (sobre todo, con problemas económicos). Sus hijos lo ven apenas en las noches, cuando sale de su escritorio, intoxicado de cigarrillos, después de jornadas extenuantes de ocho y diez horas frente a la máquina de escribir, al cabo de las cuales algunas veces sólo ha avanzado un párrafo del libro. (Mario Vargas Llosa (1971). Historia de un deicidio. Barcelona: Barral Editores.)

[6] Ernesto Schoó, «Los viajes de Simbad García Márquez», en «Primera Plana», Buenos Aires, año V, N. 234, 20 al 26 de junio de 1967 citado en Mario Vargas Llosa (1971). Historia de un deicidio. Barcelona: Barral Editores.

[7] Mario Vargas Llosa (1971). Historia de un deicidio. Barcelona: Barral Editores. Con respecto a esto, Vargas Llosa hace un registro detallado de la actitud del escritor frente a la inesperada fama que ha causado el éxito de su obra maestra.

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José Vicente Henríquez

José Vicente Henríquez

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