Rodolfo Villaplana: “En la pintura hay que fingir todo”

Foto: cortesía de Rodolfo Villaplana

Valenciano como el Cabriales y tropical como el Caribe, el todavía joven artista contemporáneo echa mano de la desnudez, la fealdad y la fugacidad hasta inundar Europa con su fresca, cruda acuosidad. La semana pasada abrió una nueva individual en Londres y está en el Profile de hoy para contárnoslo

¡Bendita sea la corona de Cristo: Rodolfo ha puesto al Papa Benedicto, al tal Ratzinger, más feo de lo que es! Y es una obra de gran formato, una obra perturbadora, una obra que da risa y pavor a la vez. Hay algo de Montgomery Burns en el gesto de las manos. Rutilante el anillo episcopal. Rojo sangre el sinfín. La mueca en los labios esconde un secreto. Pero al guapo David Gigauri lo muestra a todo frescor y sabor, medio asustadizo como para subirle el volumen al morbo; y aquellos ojos azules suplicantes, la barba incipiente, el torso, el abdomen que está a punto de obsequiar desembocadura. Rodolfo Villaplana Espinal (Valencia, Venezuela, 1975) es un pillo, juega con la imaginería de su público, y de vez en cuando le regala un buqué bellamente iluminado, ni tan Narváez ni tan Van Gogh, como una pastilla sedante.

Foto: cortesía de Rodolfo Villaplana
Foto: cortesía de Rodolfo Villaplana

Para entender a este maestro en ciernes –cuya reciente individual acaba de abrir en la galería D Contemporary de Londres hasta el 24 de febrero– habrá que bucear un rato en su atípica infancia; pero como él mismo dice, ¿al final cuál no la es? Mis padres se separaron cuando tenía cuatro años, y al mismo tiempo mi madre empezó a tener episodios maniaco-depresivos que degeneraron en una enfermedad mental declarada. Durante los periodos que mi madre tenía que pasar en una casa de reposo, a los más pequeños de los seis –pues somos seis hermanos del primer matrimonio de mi padre– nos distribuían entre las hermanas de mi mamá. Fue una infancia intranquila, preocupada, porque a partir del episodio que acabo de contar, fuimos bastante responsables, diría precozmente. La verdad es que mi padre no estaba demasiado presente, lo cual no ayudaba a balancear la ausencia emocional de mi madre. Por ejemplo, yo vivía mucho en la calle, con los amigos de la cuadra, metiéndonos en casas abandonadas y jugando mucho. Creo que fueron momentos significativos para mí, pues tengo un sentido muy agudo de la libertad. Tenía una relación, sin embargo, muy estrecha con mi madre quien murió hace ya bastantes años pero que nos quiso mucho. Pienso que su amor nos salvó de muchas cosas a pesar de su enfermedad.

Una mañana, ya ausente en la memoria del Villaplana actual, cuenta su hermana pequeña que se levantó temprano y encontró la pared que bordeaba la escalera que conducía al segundo piso de su casa completamente pintada. Parece que el niño Villaplana deambuló durante la noche e hizo su primer y único mural. El hecho de que no lo recuerde no me sorprende mucho, pues como dicen quienes me han visto pintar, entro en una especie de trance y mi concentración es absoluta. Luego no recuerdo cómo fue que pinté lo que pinté, al menos a escala técnica.

Foto: cortesía de Rodolfo Villaplana

Su madre, más que un fantasma protector como el de La Cumbre Escarlata, es un talismán. Cuentan que era un talento para el piano, lo que lo hizo crecer con música clásica, sobre todo oyendo Chopin. Es más, los acordes nunca han dejado de ser un hilo conductor en su obra: trabaja oyendo música clásica. Mi abuelo materno, don Pablo Espinal, fue un mecenas para algunos pintores amigos suyos en esa Valencia de antaño, hecha de viejas familias y mucho provincialismo. La familia de mi padre, española toda, tuvo un impacto menor en mi vida pero sí recuerdo que se hablaba de un pintor en esa familia y de mi abuelo paterno, que era un gran ebanista en París. Ellos luego emigraron a Venezuela durante el franquismo, siendo mi padre y su hermano los únicos que en realidad echaron raíces en el país. Mi madre nos ponía todas las tardes a pintar, imagino que para tenernos ocupados más que para otra cosa.

Foto: cortesía de Rodolfo Villaplana

¿Valencia surtió algún influjo en esa sensibilidad? A lo que responderá que definitivamente el estado Carabobo tiene una luz muy particular, nítida, exagerada pero no a la Reverón o esa luz blanca de la costa. Asegura que Valencia tiene una luz simplemente bella, tal vez esa misma luz de la costa pero contrastada por las colinas circundantes, y que es reveladora en un sentido literal. Es una luz que permite las sombras y hasta las provoca, advierte, una luz “caravaggesca” si se quiere: produce sombras negras. Y en él, en sus personajes y objetos, en sus ramos de flores, la luz surge de la penumbra.

Mi pintura viene de la poesía que leo, de las caras que encuentro, del sufrimiento de un amor perdidoRodolfo Villaplana

Su adolescencia fue peor que su niñez, confiesa. Era bastante gordo y no tenía amigos, o muy pocos. Sufrió mucho en el colegio: lo torturaban con sobrenombres y un sin fin de burlas. De hecho soñaba con irse a estudiar a Caracas, como sucedió, lo que cambió completamente su vida. Luego haría una maestría en Bellas Artes en Chelsea College of Art and Design, Inglaterra. Luego, aunque suene rápido y fácil, expondría en Londres, Roma, Madrid, Barcelona, París, Berlín, Venecia, Caracas… Luego, a pesar de que suene a propuesta manida, configuró una “síntesis de la abstracción y figuración naturalista”, al tiempo que sus trazos, modelos, desnudos y objetos representados nos conducen, a ratos, a Egon Schiele y Natalia Goncharova; pero también a Centeno Vallenilla y Mapplethorpe. Valdrá la pena preguntarle: ¿está usted de acuerdo?

Foto: cortesía de Rodolfo Villaplana

No sabría contestar esta pregunta, pues me han comparado con casi todos los pintores de vanguardia europeos y no europeos. Creo que mi trabajo busca esas resonancias de manera inconsciente pero no para parecer sino para ser; para volverse otra cosa; para actualizar el trabajo de aquellas vanguardias que fueron interrumpidas con la llegada del duchampismo y la escuela conceptual. Obviamente que esto no es consciente ni es mi intención primigenia, porque si es verdad que me gustaría que mi trabajo fuera un puente en ese sentido, aun más lo es el hecho de que las imágenes que produzco provienen de territorios remotos y actuales al mismo tiempo. Mi pintura viene de la poesía que leo, de las caras que encuentro, del sufrimiento de un amor perdido; y la técnica que uso, óleo, obedece exclusivamente a este deseo que pudiera parecer arbitrario e ignorante de los movimientos actuales en el arte, pero creo que es exactamente lo contrario: nadie que se llame artista contemporáneo debería seguir el mercado, ni lo que hacen los demás.

Hedonista a rabiar, de una risa seca, intestinal, que le hace rasgar aun más sus castaños ojos de zorro, Rodolfo siempre piensa de prisa, no tiene empacho en tocarte y de halarte para contarte lo que parece un secreto sumarial. Pero más bien lo hace para hacer un registro, cual las cartas de un fichero anatómico, de la tersura, flacidez o fulgor de tu piel. Para medir cuánto duras en soltarte. Para jugar con tu proxemia. Villaplana pocas veces se ha encontrado con un contendor peor que él, y esa vez se turbó, alejó, sonrojó. Había perdido la brújula de su satirismo. Los resortes del atrevimiento le fallaron. Anécdotas aparte, pero precisamente sobre su culto por el cuerpo humano, susurrará: Más que un culto, es una fascinación. Creo que hay que volver a poner el cuerpo en el primero de los lugares, pues es lo único que tenemos para acercarnos a la realidad. Me gusta ir contracorriente. Lo virtual no me pertenece. Yo necesito tocar.

El óleo hace lo que yo quiero después de 20 años de haberme hecho la vida imposible. Es mi venganza.Rodolfo Villaplana

Así, desfilan por sus soportes la crudeza, la carne, el desparpajo, el descaro, la belleza, la fealdad, los trazos enérgicos pero acuarelados, la denuncia, la tensión… ¿Qué más hay en una obra de Villaplana? Buena pregunta. Tensión y más tensión. Ambigüedad. Provocación. Me gustaría que mi obra alcanzara tantos niveles de lectura como fuese posible. Creo que el valor primero de la pintura, por encima de otras artes, es precisamente la incapacidad que tiene de ser una. En la pintura hay que fingir todo, desde la tridimensionalidad hasta los sentimientos, pasando por el color y todo lo demás. Incluso la pintura más abstracta finge, recrea, exagera, reduce. Quiero que mi pintura sea, sobre todo, metamorfosis.

Foto: cortesía de Rodolfo Villaplana

Para Rodolfo Villaplana, consecuente con los autorretratos sin filtros, el arte figurativo está en explosión y cree que no se detendrá. Asegura que las élites siempre han existido y son necesarias, tanto para el artista como para el coleccionismo en sí mismo. El error de muchos artistas, espeta, es que obedecen a esas élites cuando lo que es menester es hacerlas obedecer. Cada artista construye su propio mercado y no viceversa. Para Rodolfo Villaplana, lo que pasa en el arte hoy es que lo tiene secuestrado el mercado, al menos el arte que llega al público más vasto. Siempre existirán “mártires” que luchan por llevar al mundo (y al público, sentencia) una visión total, separada de las pequeñas ideas que hoy se despachan como buenas ideas y, peor aun, como visiones del mundo. Para Rodolfo Villaplana el arte no tiene nada que ver con eso, ni con provocaciones en sí mismas, ni siquiera con un cierto tipo de inteligencia que hoy se asume como arte. El arte sí contiene todos estos elementos apenas nombrados pero los trasciende, los transforma hasta que estos elementos quedan englobados, invisibles a primera vista, metamorfoseados, anónimos. Para Rodolfo Villaplana la magia del arte consiste precisamente en su desaparición.

Foto: Cortesía de Rodolfo Villaplana

Ping-Pong

Viviendo a caballo entre Londres y Montepulciano, ¿por qué la renuncia al paisaje?

Como diría Modigliani, el paisaje no existe. Y completo yo: porque no hay personas.

¿Qué es un retrato?

Alma.

Hay nostalgia en sus soportes. ¿Interés por la memoria?

Mucho. Pero no es una memoria nostálgica, es más bien una memoria histórica.

¿A cuáles artistas latinoamericanos deberíamos poner en la mira?

¡A mí! Jajaja.

¿Para qué sirve el arte en nuestras vidas?

¡Para qué no sirve! Sin arte todo sería desierto. El alma se secaría y la raza humana se extinguiría. Desde que el hombre existe ha hecho arte.

¿Qué propone interiormente, más allá y más adentro de su materialidad visible?

Una cierta esencia. Una inmaterialidad como la que ilumina los ojos de un viejo pordiosero antes de morir en un hospital sin medicinas.

¿Cuáles son sus diferencias esenciales con obras de otros artistas de su misma generación?

Que sé pintar.

El martes 18 de enero de 2017, en Marlborough Fine Art, 6 Albemarle Street, Londres, abrió una exhibición con litografías de esos grandes maestros figurativos que fueron los amigos Francis Bacon y Lucian Freud. ¿Volverá a beber de esas fuentes inagotables?

¡Siempre! Nunca dejo de alimentarme de ellos y de muchos otros. Amo esa galería y me gustaría que algún día fuera la mía también.

¿Qué resistencia le ponen los materiales?

Ahora, ninguna. El óleo hace lo que yo quiero después de 20 años de haberme hecho la vida imposible. Es mi venganza.

Foto: cortesía de Rodolfo Villaplana

 Rodolfo Villaplana

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Carlos Flores León-Márquez

Carlos Flores León-Márquez

Editor in Chief

Natural de Puerto Cabello, este comunicador social graduado en la UCAB emprendió el vuelo de la escritura con apenas 14 años cuando lo nombraron editor del órgano divulgativo del Colegio La Salle. Sagaz como un detective, puntilloso como su propia caligrafía envidiable, vidente de lo que nadie más ve, alérgico a la vulgaridad, ha regresado a la esfera editorial para capitanear este velero digital llamado LUSTER.

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