Stranger Things 2: el rostro rentable de la nostalgia

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Innovar, partiendo de referentes pasados, ha sido el principal fuerte de Stranger Things desde sus inicios, fórmula que se repite en su segunda temporada

En 1982, Steven Spielberg creó toda una visión sobre la infancia, lo desconocido, la incertidumbre y lo temible con ET: El extraterrestre. Como conjunto, fue una película de personajes, basada en lo emocional que conservaba una frescura indudable en su planteamiento sobre la profundidad de los sentimientos más sencillos. Para Spielberg, la niñez no sólo es símbolo de pureza, sino también una idea mucho más elaborada: esa audacia evidente en la aventura, ese riesgo emocional tan extraordinario como espontáneo. A pesar del tiempo transcurrido, este discurso se mantiene: Spielberg analiza las nociones sobre los argumentos que sostienen sus ideas, lo que conmueve, lo que emociona. Lo hace desde la perspectiva del asombro, desde esa mirada infantil que se plantea el descubrimiento como algo inolvidable y puro.

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Dos años más tarde, Stephen King reinventaría la fórmula en el clásico de terror It, en la que una pandilla de niños debe enfrentarse a una criatura sin nombre que usa sus peores temores como un avatar del miedo. Con su aparente pátina de inquietante historia de un verano infantil — esa época de gracia en la que todo puede ocurrir — King lleva el terror a dimensión original que transforma la obra en un astuto juego de espejos. Nada es lo que parece en una narración enciclopédica sobre los orígenes de los temores y las argucias de la maldad en estado puro. A través de su banda de marginados y los estereotipos que encarnan (el tartamudo, el niño gordo, el asmático, la niña maltratada) el escritor logra crear una hipótesis sobre lo que sostiene a todas las historias de terror y las hace inolvidables. Personaliza esa noción sobre el misterio de los terrores infantiles y, después, le da sorpresivo giro al asumir la existencia de un ente maligno y primigenio que encarna todos los misterios del miedo sin nombre. Es entonces cuando la novela alcanza su carácter de obra definitiva sobre los espectros invisibles: los que se esconden bajo la cama, los que aguardan en las esquinas tenebrosas. King convierte lo que nos provoca miedo en un reflejo ambiguo de nuestras ambiciones, en una puerta abierta hacia espacios desconocidos en nuestro interior y dota al monstruo de un rostro reconocible e íntimo.

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En el 2016, los hermanos Duffer construyeron una visión totalmente nueva de la propuesta con Stranger Things, la primera serie de la cadena Netflix en convertirse en fenómeno de masas y transformar los viejos códigos del cine de aventura en una percepción contemporánea sobre la identidad. La primera temporada no sólo se convirtió en un suceso masivo a nivel de público y crítica, sino que demostró que ese juego de códigos y símbolos utilizados tanto por Spielberg como por King, siguen en plena vigencia. La segunda temporada del show demuestra que la percepción de la infancia como un período de misterios, temores y dolores de particular intensidad sigue siendo, quizás, el punto más fuerte de una historia que sin ser demasiado distinta a la original, logra cautivar de nuevo al público. Por supuesto, Stranger Things es también un homenaje al imaginario de los míticos años ’80 y el dúo de directores no disimula la evidente influencia que sobre su trabajo ha tenido el cine de Spielberg, Dante, Carpenter o las narraciones de nítida estructura de un joven Stephen King. Y lo hacen, a través de un método que sorprende por su frescura: Stranger Things sortea con habilidad las trampas melancólicas — en estilo y forma — y elabora una propuesta sólida que se sostiene a pesar de las múltiples referencias. La serie cumple con el requisito de autonomía visual y lo hace siendo original a pesar de la estructura referencial que la sostiene. Hay algo nuevo, recién descubierto, que impresiona y conmueve en este producto lleno de significado que avanza con buen pie entre la melancolía evidente.

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Luego del éxito previo, la segunda temporada de la serie llevaba a cuestas la responsabilidad no sólo de mostrar un nuevo rostro sino, también, de expandir el universo que apenas se vislumbró en su primera gran aventura televisiva. Para la siguiente, los hermanos Duffer demuestran que buscan una forma de comprender el universo de los personajes inmersos en esta historia mientras se permiten profundizar en la noción sobre lo misterioso y lo enigmático que les rodea. Los primeros capítulos no se prodigan con facilidad: la serie no sólo pareciera beber de la moral ambigua de cualquier propuesta serial contemporánea sino que, además, juega con todo tipo de símbolos hasta lograr elaborar un discurso complejo a dos bandas. Porque mientras la noción de lo que ocurre — y lo que pueda significar — avanza con solidez, lo que se adivina es incluso más poderoso, desconcertante y, por supuesto, intrigante. Es entonces cuando la serie alcanza su mayor brillo y demuestra su valor como creación actual.

Tal vez por todo lo anterior, aún Stranger Things resulta inclasificable y su nueva temporada muestra que sus productores elaboran ideas muy claras sobre sus referentes y la importancia del contexto que rodea a la historia. Desde los nuevos personajes (como la pequeña “Max” interpretada por la actriz Sadie Sink, tan parecida a la “Beverly” de It) hasta los innumerables símbolos de nostalgia que llenan cada escena, el show continúa siendo un híbrido de ideas, planteamientos y punto de vista que resulta complicado de analizar si se le toma como una única mirada hacia lo que Stranger Things busca mostrar. Pero más allá de cualquier cosa, la serie es un compendio de cultura popular, tan cuidadoso como asimétrico y sobre todo, reconocible. Y he allí su mayor ganancia, la expresión más profunda de un género bastardo que parece nacer y construirse a partir de piezas sueltas que de alguna manera — y por obra y gracia de un maravilloso guión — encajan de manera casi perfecta.

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La segunda temporada, además, se asegura de dejar muy claro que los hermanos Duffer tienen toda la intención de expandir el universo con un  inteligente y novedoso punto de vista sobre los conflictos de la anterior. Will está de nuevo en nuestro mundo pero no del todo: el personaje parece encontrarse en mitad de la dimensión oscura que vislumbró antes y parece perdido entre el terror y la curiosidad, tal y como sugería el inesperado epílogo del último capítulo de la temporada anterior. De nuevo, lo misterioso parece entrelazarse con la realidad con un fino pulso. Con sus personajes bien construidos, una historia intrigante y su espléndida puesta en escena, la serie es una pequeña obra de arte construida desde una perspectiva brillante sobre lo nuevo y lo nostálgico. Pero más allá de eso, es el reflejo de una década, de un punto de vista sobre lo moral y lo espiritual que resulta entrañable sobre todo, una búsqueda de respuestas que abarca cierta inocencia argumental. Y quizás desde esa perspectiva, en ese espacio donde la niñez parece un lugar lleno de conjeturas éticas y de pura belleza imaginada, es que pueda explicarse su éxito y su capacidad para conmover, deslumbrar y cautivar. Un triunfo del poder del asombro sincero y, quizás, algo tan simple como una mirada inocente sobre la complejidad contemporánea.

Ficha técnica

Título original: Stranger Things 2 (TV Series)
Año: 2017
Duración: 60 min.
País: Estados Unidos
Director: Matt Duffer (Creator),  Ross Duffer (Creator),  The Duffer Brothers,  Shawn Levy, Andrew Stanton,  Rebecca Thomas
Guion: The Duffer Brothers, Justin Doble, Jessie Nickson-Lopez, Kate Trefey
Música: Kyle Dixon, Michael Stein
Reparto: Winona Ryder,  David Harbour,  Millie Bobby Brown,  Gaten Matarazzo, Finn Wolfhard,  Caleb McLaughlin,  Noah Schnapp,  Charlie Heaton,  Natalia Dyer, Matthew Modine,  Dacre Montgomery,  Sean Astin,  Paul Reiser,  Linnea Berthelsen, Brett Gelman,  Will Chase
Productora: Netflix / 21 Laps Entertainment
Género: Serie de TV. Thriller. Terror. Fantástico. Drama | Sobrenatural. Años 80. Secuela

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento, fotógrafa por decisión, escritora por pasión, desobediente por afición. #Geek y amante de la cultura popular.

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