Vacíos, espejos y culpa

Foto: Bobby Becker
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Hace un tiempo, en un edificio público, dos hombres esperaban delante de mí la llegada del elevador matutino que, sin duda, los llevaría a sus respectivos trabajos. Después de repartir las típicas amabilidades mañaneras habían agotado ya todo tema de conversación y cayeron en un silencio familiar: todos tenemos a alguien con quien compartimos los pequeños vacíos intranscendentes de nuestros días. De repente, uno de ellos  se queda mirando el llamador sobre las puertas y le dice al otro: ¿Sabes por qué los elevadores tienen espejos? Me sorprendió un poco el non sequitur de su pregunta, así que traté de responder silenciosamente: tal vez se trata de un asunto espacial, -la perspectiva se multiplica a través de los espejos- o tal vez narcisista –todos buscamos aprobación a través de ellos.

Foto: Bobby Becker
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Mientras se abrían las puertas, el interlocutor le señaló que no sabía la respuesta. Ahora que entraba pude detallarlos: uno era alto y canoso con mejillas holladas y una camisa gastada aunque perfectamente planchada, el otro parecía un poco más jovial y descuidado; luego de marcar el piso 14 se instalaron en una esquina, me ubiqué delante de ellos, dándoles la espalda pero lo suficientemente cerca para escuchar la respuesta. Luego de la interrupción comenzó: “Primero porque con el espejo todas las personas pueden ver en qué piso están sin importar el ángulo en el que estén; segundo porque las personas claustrofóbicas se sienten más relajadas y acompañadas” El elevador se detuvo y el hombre hace una pequeña pausa, cuando finalmente las puertas se cierran nuevamente, la explicación continúa: “Tercero porque hay estudios que demuestran que reducen los niveles de criminalidad, a los asaltantes no les gusta verse en los espejos”

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Esto último me sorprendió tanto que me volteé a verlos buscando una suerte de confirmación. Lamentablemente justo en ese momento habíamos llegado a mi piso, el hombre canoso me sonrió, “Hasta luego” me dijo, y tuve que salir sin ratificación alguna.

¿Qué buscamos en un espejo? La mejor versión de nosotros mismos, que es igual que decir la mejor manera de esconder nuestras culpas. Cuando Hester Prynne es condenada por adulterio en la novela La letra escarlata (1850) de Nathaniel Hawthorne, el juicio se lleva a cabo en un estrado en la plaza pública, frente a todos se decide su destino, peor que la muerte, peor que la tortura es la exposición de su culpa. La sociedad es un espejo en el que buscamos exponer nuestra mejor versión. Las acciones nunca son tan culpables como cuando son exhibidas, desnudas y despojadas del adorno de la justificación. La letra que adornaba el pecho de Hester (que funciona como un espejo) “tenía el efecto de un hechizo, desterrándola de las relaciones ordinarias con la humanidad, aislándola como si habitase otra esfera”. Ante una posible imagen culpable, el criminal se detiene, porque la culpa es quizás la mayor de las condenas. No hay prisión como un espejo.

Foto: Bobby Becker
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El filósofo Bernard Williams, en un texto extraordinario, Shame and Necessity (1993), argumenta que la culpa es una de las bases fundamentales de la ética occidental aún desde sus inicios, para los Griegos, la apariencia de la culpa es tan importante como el honor. En la tragedia sofoclea Ajax, su protagonista le pregunta al coro cómo podrá afrontar a su padre cubierto ahora de oprobio, la culpa es demasiado grande y ante la posibilidad de enfrentar la vergüenza prefiere la muerte. La responsabilidad de la culpa no recae en el agente de la acción sino en su reflejo. En nuestra sociedad las consecuencias de nuestros actos no se miden, irónicamente, en sus resultados, sino en su apariencia. Los espejos, en todas sus formas, nos separan del resto, lo que vemos en ellos es lo que, en última instancia, nos impulsa y nos detiene.

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Cuando al final del día volvía a entrar al elevador, lo primero que vi fue el espejo, sonreí y pensé “las cosas que uno escucha en los ascensores…”

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Gladys Mazloum

Gladys Mazloum

Contributor

Aunque su vocación transita entre los recovecos de un vasto universo literario, su oficio diario recorre los rigurosos límites de las ciencias exactas. Talento y talante, adjetivos importantes de su personalidad.

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