A Wrinkle in Time: una tibia expresión de fe

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Un elenco extraordinario y una magnífica puesta en escena que parecen simplemente caer en un vacío superficial en A Wrinkle in Time

A Wrinkle in Time, novela Madeleine L’Engle, es todo un clásico de la literatura de fantasía en el que hay una intención potente y muy bien estructurada de describir la noción de la fantasía en la infancia creando personajes infantiles creíbles y llenos de una bella e inusual complejidad. La historia enriquece la versión de la realidad que cuenta y, además, brinda un brillo especial a ese puente de cristal entre la infancia y la adultez a través de situaciones ficticias pero coherentes, enriqueciendo todo con una percepción insólita de la ciencia y la espiritualidad. La adaptación cinematográfica de Ava DuVernay intenta captar la esencia de la euforia maravillosa que acompaña a los mundos imposibles, no obstante, DuVernay no logra encajar las numerosas y complejas piezas de la novela (la primera de una saga de siete volúmenes) y el resultado es la mirada superficial sobre una historia profunda que no llega a narrarse más allá de la batería de efectos especiales y algunas líneas argumentales vagas sin mayor consistencia.

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Claro está, que las arriesgadas decisiones argumentales sobre la película convierten lo que pudo ser un mundo complejo e ideal en una mera visión rápida y limitada sobre una historia llena de implicaciones. El principal problema en A Wrinkle in Time es el guion — firmado por Jennifer Lee y Jeff Stockwell — que elimina todos los aspectos más elaborados del material original, incluyendo las reflexiones espirituales y tecnológicas sobre el futuro, la identidad y el dolor espiritual. El resultado es una blanda y aburrida interpretación de la obra L’Engle que, además, carece de identidad suficiente como para funcionar más allá del anuncio de una gran aventura de fantasía en un escenario tecnológico. La historia central — en apariencia un drama familiar que se transforma en algo mucho más elaborado y profundo — analiza las relaciones entre la tecnología, la magia, los sueños y la esperanza desde un discurso lleno de referencias casi religiosas. A pesar de todo, esta versión cinematográfica carece de toda referencia espiritual — no va más allá de una noción rampante y muy amplia sobre la bondad como motor fundamental del Universo — que no llega a sostener el peso de la historia entera. Para equilibrar y quizás disimular esa evidente falla de propósito principal, los guionistas también analizan la ciencia — elemento primordial del libro — como una perspectiva de fantásticas posibilidades, sin entrar en detalles sobre su objetivo, peso e importancia. No obstante, esa tibia reinvención de un mundo de espejos complejos (los mundos narrados por L’Engle van desde la distopía profunda hasta revelaciones de belleza asombrosa) se transforman en reflexiones más o menos válidas sobre la naturaleza humana, la pérdida, la belleza, el futuro y el impacto de la tecnología. El elemento Orwelliano que L’Engle utiliza para algunos de sus mundos (sobre todo el del perfecto, duro e inquietante Camazotz) está por completo ausentes en la película y se transforman, en una variante blanda e insustancial de un concepto mucho más duro y retorcido. Tal pareciera que los mundos intrincados, duros y metafóricos de L’Engle se transforman en algo más que la metáfora casi paródica de la vida de una adolescente llena de conflictos.

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Quizás el único elemento resaltante en toda esta recreación es la actuación de Storm Reid como Meg, ya que asombra no solo por su capacidad para matizar un personaje estereotipado, sino por brindarle una sutileza y profundidad insospechadas. Frustrada, contenida, llena de furia y miedo, enfrentándose a la ausencia de su padre y después, a una situación extraordinaria que deberá acometer con un valor casi espiritual, la Meg de Reid es curiosamente imperfecta pero también, una metáfora precisa y categórica sobre el poder de la voluntad y de la insistencia. Lamentablemente, el guión no le permite expresar toda la belleza y poder de Meg, sino que al igual que el resto del elenco, parece resumir su historia a una serie de hechos vagos que no terminan por calzar unos a otros. Tal vez eso sea el mayor problema en A Wrinkle in Time: esa ausencia de brío, propósito y verdadera capacidad para cautivar, a pesar de que la historia de base cuente con todos los elementos para hacerlo.

Ficha técnica:

Título original: A Wrinkle in Time
Año: 2018
Duración: 109 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Ava DuVernay
Guion: Jennifer Lee (Novela: Madeleine L’Engle)
Música: Ramin Djawadi
Fotografía: Tobias A. Schliessler
Reparto: Oprah Winfrey,  Reese Witherspoon,  Mindy Kaling,  Storm Reid,  Zach Galifianakis, Chris Pine,  Gugu Mbatha-Raw,  André Holland,  Levi Miller,  Bellamy Young, Rowan Blanchard,  Will McCormack,  Michael Peña,  Daniel MacPherson
Productora: Walt Disney Pictures / Whitaker Entertainment
Género: Fantástico. Ciencia ficción. Aventuras | Aventura espacial

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento, fotógrafa por decisión, escritora por pasión, desobediente por afición. #Geek y amante de la cultura popular.

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